Capítulo XI
EL DOLOR DE SUS HIJOS E HIJAS
Ya hemos leído las expresiones de dolor en la carta del Padre Lyonnet y podemos asumir que era compartido por todos los allí presentes. A pesar del poco tiempo que Coindre llevaba en el seminario de Blois, no cabe duda de que había alcanzado un enorme grado de admiración por parte de sus colaboradores y estudiantes. Pero nos interesa especialmente saber qué repercusiones tuvo en sus congregaciones este abrupto final.
La tercera de sus familias religiosas, los Misioneros del Sagrado Corazón de Monistrol, no dejó casi archivos tras su disolución en 1829, por lo que no sabemos cómo recibieron la noticia ni cómo reaccionaron. Aunque Andrés Coindre ya no era su superior en el momento de su muerte, sí había sido el inspirador y el motor de ese proyecto y todos los involucrados tenían un gran vínculo personal con él, por lo que cabe imaginar que habrá sido un duro golpe y que, en cierta medida, puede haber acelerado los pasos de su desmembramiento.
Tampoco conocemos a ciencia cierta cómo se informaron los Hermanos del Sagrado Corazón de la muerte de su fundador y superior. Podemos imaginarnos el desconcierto del Hermano Borgia que había recibido una carta suya hacía menos de un mes. Es muy probable que la noticia haya llegado por medio del Padre Francisco Vicente Coindre, ya que el Padre Guillois anunció explícitamente que le iba a escribir el viernes 2 de junio. Ante esta triste noticia, los hermanos convocaron el segundo capítulo general del Instituto en Lyon para los días miércoles 14 y jueves 15 de junio de 1826. En las actas quedó registrado:
Nosotros, Hermano Borgia, director general de los Hermanos de los Sagrados Corazones de Jesús y María; Hermano Xavier, primer asistente; Hno Augustin, segundo asistente; Hermano Bernard, procurador general; Hermano Symphorien, inspector; Hermano Maurice, ecónomo; Hermano Gonzague, Hermano Ignace, Hermano Bonaventure, todos profesos.
Débiles mortales, bendecimos los impenetrables decretos de Dios. ¿Quién de nosotros pretendería penetrar en sus designios?
Nuestro digno padre superior acaba de sernos arrebatado el martes 30 de mayo pasado. ¡Ah! ¿Quién podría deplorar suficientemente esta pérdida? ¡Ya no tenemos a nuestro padre! Y les ha sido arrebatado a sus hijos espirituales, en el mismo momento en el que las circunstancias lo hacían más querido a nuestros corazones.
Contábamos... pero en vano... que el Cielo decidiera de otro modo. Sus días estaban plenos, su término estaba acabado y el escenario de los crímenes no debía contener más un tesoro tan exquisito. Si hay algo que pueda amenguar nuestro dolor es que, con toda seguridad, no seremos privados de volverlo a ver en la patria celestial. Reunidos un día, lo veremos triunfante, precediéndonos, cantando las alabanzas de Aquél que fue el único objeto de sus deseos, sus trabajos y sus preocupaciones. Víctima heroica del amor divino (nos lo arrebató el exceso de una tarea toda ella empleada en defensa de nuestra santa religión), lo veremos arder eternamente en aras del mismo amor. Nos ha hecho temblar la voz; tratemos de practicar exactamente sus santas orientaciones. No desmerezcamos de su espíritu de fe y de celo. El Señor bendecirá nuestros sencillos servicios y recompensará nuestras buenas obras con un céntuplo de gracias.
Gracias a este texto podemos realizar tres constataciones. La primera es que, a ojos de sus hermanos, Coindre vivió una vida totalmente centrada en Dios, “aquél que fue el único objeto de sus deseos, sus trabajos y sus preocupaciones…” Es decir, vivió la vida de un santo. En segundo lugar, ven su muerte como el fruto de una entrega total: “Víctima heroica del amor divino (nos lo arrebató el exceso de una tarea toda ella empleada en defensa de nuestra santa religión).” Y finalmente, al igual que lo expresó el Padre Guillois, ellos también creen en la salvación eterna de su superior: “con toda seguridad, no seremos privados de volverlo a ver en la patria celestial. Reunidos un día, lo veremos triunfante, precediéndonos, cantando las alabanzas… lo veremos arder eternamente en aras del mismo amor.”
El Hermano Javier, primer Hermano del Sagrado Corazón, ecónomo del Instituto en toda la etapa fundacional y hombre de extrema cercanía con Andrés Coindre, en sus Memorias trata el tema de manera extremadamente breve, pero deja consignados algunos sentimientos de la comunidad:
Dios, que reservaba la mayor prueba a esta comunidad naciente, les retiró su padre en el momento en el que tenían mayor necesidad de él. Fue el 30 de mayo de 1826 cuando murió. Esta muerte hundió a la comunidad en un gran abatimiento.
Finalmente, veamos algunos párrafos del Memorial de las Religiosas de Jesús-María, redactado por la Madre San Estanislao en 1854. Ella fue una compañera de primera hora de Claudina Thévenet y conoció sin duda al Padre Andrés Coindre. Iremos intercalando algunas explicaciones y comentarios.
(El Padre Coindre) Nombrado vicario general de la diócesis de Blois en 1825, fue convocado por el obispo de la diócesis para dirigir el seminario mayor. Se entregó con todo ardor a esta laboriosa tarea, pero pronto la enfermedad le obligó a suspender sus trabajos. Nos enteramos de esta infausta noticia a mediados del mes de mayo, inmediatamente iniciamos novenas y oraciones para obtener del Señor la prolongación de una vida tan preciosa, pero no fuimos escuchadas. La constitución física de nuestro buen padre, aunque aparentemente tan fuerte, estaba afectada desde hacía bastante tiempo a causa del exceso de trabajo al que se entregaba sin descanso. Al poco de su llegada a Blois le sobrevino una ardiente fiebre y aparecieron los síntomas de una enfermedad peligrosa que alarmaron a quienes le rodeaban. Algunos jóvenes seminaristas lo cuidaban continuamente. Asiduos cuidados, continuas oraciones, nada se omitió para retenerlo aún en esta tierra. Pero todo fue en vano. Dios nos lo arrebató para recompensarlo en el Cielo por todo lo que había realizado y sufrido por su gloria.
Quiero señalar que las hermanas estaban bastante bien informadas, pues conocían “a mediados del mes de mayo” la condición de Coindre, cuyos primeros síntomas se registraron en torno al día 10 de dicho mes y se hicieron muy evidentes tras su retorno de Tours el día 18. Por otra parte, nos confirma que todo el mundo consideraba al Padre Coindre como un hombre fuerte y sano y que era generalizada la opinión de que trabajaba sin descanso por el Reino de Dios. Nuevamente se describe una vida de santidad ante la cual la muerte es la recompensa: “Dios nos lo arrebató para recompensarlo en el Cielo”.
Ignorábamos aún en Fourvière la desgracia que acababa de golpearnos. Desde que la noticia de la enfermedad nos había llegado en la casa se notaba un ambiente de tristeza que nada podía disipar. Todas nuestras madres, todas nuestras hermanas no hallaban consuelo más que en la oración. Nuestra Madre San Ignacio mostraba extrema aflicción. El día 30 este penoso estado se incrementó. “No sé lo que experimento -dijo- pero me parece que tengo el presentimiento de que ha acaecido una desgracia. Voy a anotar este día”. E inmediatamente escribió la fecha en su agenda (diario). Continuamos rezando; tres días más tarde tuvimos la triste certeza de que esos presentimientos no eran en vano, ya que una carta de Blois nos anunciaba la irreparable pérdida que habíamos tenido ese mismo día 30 de mayo.
En la primera línea se refiere a la comunidad de hermanas situada en la colina de Fourvière, casi enfrente del santuario de Nuestra Señora donde fuimos fundados. Allí las hermanas tenían un pensionado (para alumnas de pago) y una providencia (para niñas carenciadas). Hasta el día de hoy las hermanas conservan esa casa y en su capilla está sepultada Santa Claudina Thévenet.
Actualmente tenemos poca conciencia del extraordinario vínculo que unía a Andrés con Claudina: aunque menor en edad que ella, era su padre espiritual. Por eso, aunque todas las hermanas estaban afligidas, el dolor de Claudina era extremo. Dentro de ese vínculo especial, el día 30 de mayo sucedió un hecho difícil de explicar, podríamos considerarlo sobrenatural: Claudina tuvo la premonición de que algo grave había pasado. Este dato, junto con la predicción de Coindre de que el día 28 de mayo iba a recobrar la cordura, quedan a la libre interpretación de cada uno, pero parecen signos extraordinarios que no podemos explicar sólo con la razón.
Según cuenta la Hna. San Estanislao, el viernes 3 de junio de 1826 reciben una carta de Blois con la noticia, fechada el 30 de mayo. Lamentablemente no se la conserva ni sabemos quién fue su autor, ¿podría haber sido el mismo Padre Lyonnet? No hay ninguna noticia de una misiva similar dirigida a los hermanos.
¿Quién podrá expresar el dolor que se apoderó de nuestras almas y la inmensa desolación en la que cayó toda la comunidad? ¡Una familia naciente ya numerosa se encontraba privada de su jefe, de su sostén! ¡Cuántas cosas van a ser interrumpidas con esta muerte prematura!... La Sociedad de los Sacerdotes Misioneros no podrá tener continuidad. La redacción de nuestras Reglas en las que este buen padre trabajaba desde hacía tiempo quedará inconclusa...
Señor, ¿nos has abandonado y has retirado sobre nosotras los brazos de tu Providencia? Este pequeño rebaño, reunido a la sombra de vuestro santuario para trabajar a vuestra gloria; ¿va a ser dispersado por la tempestad? No, Señor, no lo permitas. Eres Padre y no golpeas a tus amados hijos más que para tenerlos más cerca y atraerlos. Ahora esperamos sólo en Ti. En nuestras penas sólo a Ti acudiremos...
Nuestras madres se refugiaron por completo en los brazos de la Divina Providencia, la que no les falló.
Dolor y desolación fueron las consecuencias de la noticia. Al ser un texto escrito en 1854, la autora ya sabe que la congregación de sacerdotes misioneros no progresó y lo achaca a la falta de su fundador, aunque Coindre hubiera dimitido como superior antes de su muerte. De ellas mismas dicen que sus Reglas quedaron inconclusas, de la misma manera que las de los hermanos, tarea que en nuestro caso tuvo que completar el Hermano Policarpo.
Llama la atención que no se menciona la congregación de los hermanos. ¿Habrá sido por respeto al Padre Francisco Vicente Coindre que, tras haber terminado en malos términos con los hermanos en 1841, se desempeñaba como capellán de las hermanas en Fourvière en el momento en que se escribieron esas líneas?
El Sr. Cholleton, vicario general de la diócesis de Lyon, que ya en ausencia del padre fundador había cumplido el cargo de superior de la casa por orden de Monseñor de Pins, continuó dirigiendo con bondad a la naciente comunidad.
La casa de Le Puy experimentó también de un modo particular la protección del Padre Celestial. Monseñor de Bonald quiso él mismo encargarse de comunicar la triste noticia que iba a destrozar el corazón de la Madre Gonzaga, superiora de la casa. Al mismo tiempo le dio la seguridad que tomaba a la comunidad bajo su protección y que él mismo sería su superior.
Estas muestras de bondad de la autoridad eclesiástica endulzaron nuestras penas sin amenguarlas.
En aquella época era normal que una comunidad religiosa femenina tuviera un superior sacerdote u obispo. Dado que Coindre rara vez se encontraba en Lyon, el Padre Cholleton ya ejercía una supervisión de la casa de las hermanas. En Le Puy fue el propio obispo, Monseñor de Bonald, quien asumió este rol paternal tras la muerte del fundador. En ambos casos queda en evidencia que las autoridades eclesiásticas tenían en alta estima a las hermanas y deseaban comprometerse personalmente para que pudieran salir adelante.
Durante más de tres meses la casa madre ofreció el aspecto de una familia en duelo. Religiosas, alumnas del pensionado, niñas de la providencia, todas, no podíamos retomar el valor necesario en tales circunstancias. Se percibía como si la muerte hubiera pasado por allí mismo: No más alegría, no más juegos bullangueros entre nuestras alumnas. Se hubiera dicho que el dolor de sus maestras era el propio de ellas.
Este último párrafo habla por sí solo. Pienso que, si lo leemos “en masculino”, pensando en las casas de los hermanos, puede ayudarnos a comprender aquel escueto “gran abatimiento” con que el Hermano Javier resume el estado de nuestra comunidad. “Felices los afligidos, porque serán consolados” (Mt 5, 4).